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Ignorancia: cuando conocer no lo es todo

“El saber no ocupa lugar”. Seguro que esta cita la has oído infinidad de veces y en múltiples lugares. Tus padres, tus amigos o tú mismo te la dijiste en su día cuando tuviste la oportunidad de aprender algo nuevo, curioso y que te llamó la atención al instante. Ahora bien, ¿es realmente conocimiento lo que acumulaste? ¿Nos creemos que por “saber”, estaremos más atentos, seremos más capaces de responder y dialogar, de integrarnos en un grupo o incluso de asombrar? Puede que sí, pero también puede que lo que esté acumulando nuestro cerebro sea en realidad ignorancia.

El sistema educativo de hoy en día se basa en hechos. Esta es una idea ampliamente aceptada y asumida por docentes y la comunidad educativa en general. Algo que tendría que preocuparnos es que la educación, uno de los pilares de nuestras sociedades, se basa en explicar datos, memorizarlos y hacer que los estudiantes vuelquen estos hechos -los reproduzcan- en un examen, des de temprana edad. ¿Cuantas veces has salido de un examen con la sensación de haber escrito mucho pero en realidad no saber nada sobre ello?

Esta misma sensación de haber “empollado” todavía se acrecienta más con el avance y la inclusión de buscadores como Google o repositorios de información como la conocida Wikipedia. Millones de datos e informaciones a nuestro alcance, sí. ¿Pero a qué precio? El precio que pagamos es  acostumbrarnos a no profundizar, a quedarnos con lo que nos dice la pantalla porque pensamos que todo es ya suficientemente conocido y estudiado y marcharnos a casa con la sensación de no haber aprendido realmente nada.

Acumulamos saber sin preguntarnos qué hay más allá, sin cuestionarnos el porqué de las cosas, sin ser suficientemente curiosos como para reflexionar sobre aquello que estamos estudiando. Tal y como comenta Stuart Firestein en su TED Talk titulada “The pursuit of ignorance”, hemos llegado a un punto donde estamos dejando fuera el “qué queda por hacer”, donde los estudiantes no se preguntan, simplemente rematan los hechos, asienten sobre los mismos y miran a los libros como el último gran eslabón del conocimiento.


En realidad, al hablar en estos términos no nos queda otra que recurrir a la palabra a la que se refiere Firestein: ignorancia. No en el sentido peyorativo de gente poco ilustrada o inconsciente, sino más bien ignorancia por la falta de preguntas; un vacío en nuestro conocimiento cuando somos completamente conscientes de ello. “Algo que está ahí y no se conoce suficientemente bien todavía”.

Este modelo parece estar asentando las bases de una nueva generación donde las personas conocen muchas materias y dominan realmente pocas. No hace falta ir muy lejos para darnos cuenta de ello en nuestra vida más cotidiana. Por ejemplo, vamos a un bar con los amigos y en lugar de hablar sobre lo que sabemos acabamos hablando de lo que no sabemos. Y esta es la raíz de porqué hablamos de ignorancia en el inicio de este escrito.

En medio de este juego entre conocimiento e ignorancia se encuentran los principios por los que se mueve la ciencia. A priori todo el mundo pensará, incluido el lector de este post, que la ciencia se basa en hechos, en tesis claras y lógicas cuyo único objetivo es escribir y publicar más tesis claras y lógicas, sumado a más artículos apoyando o desmintiendo más hechos. Sin embargo, de acuerdo con la argumentación de Firestein, esto no lo es todo. Los hechos no son todo en lo que se basa la ciencia. Los científicos se mueven por la incongruencia de datos, por una particular condición del conocimiento basada en la ausencia de hechos. Utilizando su misma analogía con un antiguo proverbio, la ciencia funciona tratando de encontrar un gato negro en una habitación oscura.

Este aforismo tendría que hacernos cavilar en que saber un montón de cosas no te hacer ser un científico. En la ciencia, saber un cúmulo de temas no es la clave. En palabras de Firestein: “El conocimiento de un montón de cosas está ahí para ayudarte a obtener más ignorancia. Conocer y comprender ese conocimiento acumulado nos tendría que generar más preguntas que respuestas, más ignorancia”. El propósito, pues, está en tener la capacidad de transformar el saber en cuestiones reales, interesantes y reflexivas. No se trata de empezar como ignorantes, juntar algunos datos y ganar conocimiento, sino más bien al contrario. Esta afirmación no se tendría que dar solo en el campo científico. En la vida cotidiana, lógicamente no necesitamos un conocimiento tan exacto por ejemplo para ir en bici o pagar en el supermercado, pero aun así tendría que estar en nuestras mentes el hecho de querer averiguar todavía más el qué, cómo, casi como tratar de encontrar ese gato negro con la luz apagada.

Ya lo dijo Sócrates  en un diálogo de Platón, “Yo sólo sé que no sé nada”. Y efectivamente, no somos ignorantes cuando entendemos lo que desconocemos, lo somos cuando conocemos que no sabemos. Y es así que para no quedarnos en la simple ignorancia conocida como estupidez, la pelota de cualquier científico y la tuya deberían estar no en el tejado de cuanto puedo saber sino de ¿qué me puedo preguntar yo sobre esto?

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